El PSOE rehabilita a Juan Negrín

El próximo XXXVII Congreso Federal del PSOE, que se celebrará los próximos 4, 5 y 6 de julio de 2008 en Madrid, rehabilitará la figura de Juan Negrín, el último presidente del Gobierno republicano. Las razones de su expulsión están vinculadas a una leyenda infamante que, recientemente, historiadores de prestigio están desmontando: la de que fue un títere de soviéticos y comunistas en su etapa al frente del Gobierno republicano. Esa tesis cuajó en la mayoría de los socialistas de la época, de tal modo que algunos dirigentes actuales del PSOE opinan que, "si viviera Ramón Rubial, anterior presidente del PSOE, habría dificultades para reintegrar a Negrín en el partido". Una enmienda de los socialistas canarios que será presentada en el congreso del PSOE pretende que Negrín sea reingresado en el PSOE, junto con la veintena de compañeros expulsados con él. La reintegración se materializará en una resolución del congreso. y su rehabilitación podría producirse mediante la «devolución» simbólica del carné de militante a sus familiares. Negrín es la única gran figura socialista de la etapa republicana y de la guerra civil no reconocida aún. Hace ya tiempo que lo fueron Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero o Julián Besteiro.

Juan Negrín, en su exilio de Dormers (einRo Uindo) en 1944

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en el seno de una familia acomodada, en 1892, Juan Negrín marchó a estudiar a Alemania, donde se tituló en Medicina con veinte años. Poco después, ya casado con María Fidelman Brodski (una rusa de familia judía) y establecido de nuevo en España, se ocupó de la organización de un laboratorio en la Universidad Central de Madrid, la actual Complutense. Su primer contacto con la política activa llega en 1929, cuando se afilia al PSOE. Fue elegido diputado en las Cortes constituyentes de la II República en 1931, y reelegido en 1933 y en las elecciones del Frente Popular, en 1936.

Cuando el presidente de la República, Manuel Azaña, nombra a Francisco Largo Caballero presidente del Consejo de Ministros, el 4 de septiembre de 1936, ya en plena guerra, éste encomienda a Negrín el Ministerio de Hacienda. Fue él quien tomó la decisión de enviar a la Unión Soviética las reservas de oro del Banco de España (cuatrocientas sesenta toneladas equivalentes, aproximadamente, a unos cinco mil millones de euros de hoy).

Tras los enfrentamientos a tiros en Barcelona en mayo de 1937 entre la CNT y el POUM, que pretendían hacer la revolución en terreno republicano, y las tropas de la Generalitat y los milicianos del PCE, que priorizaban el combate contra las tropas de Franco, los socialistas de Prieto, los republicanos de Azaña y el PCE fuerzan la salida de Largo Caballero y Juan Negrín es nombrado el día 17 de ese mes presidente del Consejo de Ministros.

A Negrín le correspondió dirigir el Gobierno en la etapa difícil que se extendió hasta el final de la guerra civil. Fue un firme defensor de resistir a Franco para coincidir con lo que él creía el inminente comienzo de la II Guerra Mundial. La victoria se presentaba ya entonces muy difícil para el bando republicano, pero se trazó como misión cohesionar el Frente Popular y la retaguardia y articular un programa de acción que agrupase a las dispersas y enemistadas fuerzas republicanas.

Juan Negrín nombra a Prieto ministro de Defensa, pero éste dimite en 1938, disconforme con la política del Gobierno. Todo el PSOE, el del ala más moderada de Julián Besteiro, los partidarios de Prieto y el ala izquierda de Largo Caballero, que hasta entonces apoyaba como uno solo a Negrín, empezó a oponérsele porque veía que su status de principal partido de las izquierdas del Frente Popular se debilitaba en el gobierno a favor del PCE.

Después de la caída de Cataluña, Negrín pasó a Francia el 8 de febrero de 1939, volvió a España aquel mismo día, con la intención de proseguir la resistencia en la zona centro-sur. El 5 de marzo, el coronel Casado, apoyado por el presidente de la República (Azaña), gran parte del PSOE, la CNT, Izquierda Republicana y Unión Republicana, es decir, todo el Frente Popular, se sublevó contra el intento de Negrín de seguir oponiendo resistencia a Franco sin sentido. Viéndose derrotado internamente, Negrín regresó a Francia al día siguiente, 6 de marzo. Ya no volvió.

En 1945 cesó como presidente del Gobierno republicano en el exilio. La edición de «El Socialista» fechada el 23 de abril de 1946, da cuenta de su expulsión del PSOE. Junto a Negrín, otros trece diputados socialistas a Cortes, como Julio Álvarez del Vayo (ministro de Estado con Negrín y quien realmente llevó la peor parte en las acusaciones de criptocomunista), González Peña o Ramón Lamoneda, son expulsados. La decisión se fraguó a finales de 1945 en una Ejecutiva en el exilio dominada por Indalecio Prieto y Rodolfo Llopis. Pero, como dijera para defenderse el propio Álvarez del Vayo muchos años después, «la «influencia soviética» en España fue resultado, en gran parte, del hecho de que, mientras todo el mundo se empeñaba en negarnos el derecho legal de adquirir armas para nuestra defensa, Rusia nos restableció en ese derecho (...). Si los Gobiernos francés, inglés y americano hubiesen querido realmente contrarrestar la «influencia soviética», no tenían más que haber hecho otro tanto».

Perseguido por los vencedores del bando franquista y depurado por la dirección del PSOE en el exilio, que nunca le perdonó lo que consideró una política de resistencia sin sentido, Negrín es el gran olvidado del socialismo posterior a la Guerra Civil. Murió en París en 1956, sin que su figura fuese reconocida. Llegada la democracia se abatió sobre su figura un tupido manto de silencio propiciado por un PSOE poco interesado en recordar sus enfrentamientos pasados. Hasta que hace dos años, en el cincuentenario de su muerte, empezó a salir del olvido. Un paso importante para su rehabilitación lo dio Alfonso Guerra cuando, con motivo del 50º aniversario de su fallecimiento, la Fundación Pablo Iglesias organizó una exposición y editó un vídeo en reconocimiento a Negrín.

Historiadores de prestigio (Ricardo Miralles, Enrique Moradielos, Gabriel Jackson, Paul Preston) han reivindicado en los últimos años su figura como científico y político socialista. En noviembre, Ángel Viñas publicará El honor de la República, libro en el que, con documentación procedente de los archivos republicanos socialistas y soviéticos, contribuirá a desmontar la tesis extendida durante la guerra fría, letal para la imagen de Negrín, de que fue un agente al servicio de comunistas y soviéticos. Según el historiador Stanley G. Payne, tras el fin de la guerra no había personaje más odiado. El bando franquista lo consideraba un "rojo traidor", en tanto que dentro del campo republicano, la mayor parte de sus correligionarios le echaban en cara la prolongación inútil de la guerra y que hubiese servido a los planes de la Unión Soviética. Su papel como científico prácticamente fue borrado de los anales, a pesar de que era admirado por su mentor, Santiago Ramón y Cajal (Nobel de medicina en 1906), y fue maestro, entre otros, del profesor Severo Ochoa (Nobel de Fisiología y Medicina en 1959).

Luis R. Aizpeolea (Madrid), El PSOE rehabilita a Juan Negrín, El País, 22 de junio de 2008
Gabriel Sanz (Madrid), El PSOE rehabilita a Negrín, ABC, 22 de junio de 2008

Hallan en Cuéllar la momia de un influyente personaje de la corte de Enrique III

Los trabajos de restauración en los sepulcros de la iglesia de San Esteban, en Cuéllar (Segovia), han sacado a la luz un cuerpo momificado que podría pertenecer al titular de la tumba, Alfonso García de León, influyente personaje en la corte del rey Enrique III, fallecido a principios del siglo XV. Según fuentes de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, que financia la investigación arqueológica, el monarca citó a García de León en su testamento como contador mayor de Castilla, tesorero y alcaide del Alcázar de Segovia. Los restos, localizados en uno de los dos arcosolios que se encuentran en el lado del Evangelio, se pueden haber mantenido momificados por la gran cantidad de cal encontrada dentro de la caja, que podría haber contribuido a la conservación del cadáver y de algunos restos de tela, que pueden ser de ropajes o de un sudario.

La Fundación del Patrimonio Histórico exhumará ahora los restos de los otros tres sepulcros, el otro del lado del Evangelio y los dos del lado de la Epístola, en los que se han empezado a documentar también diversos restos humanos, también con signos de momificación. Las primeras hipótesis apuntan a que podrían corresponder a los enterramientos originales de Urraca García de Tapia, esposa de Alfonso García de León, Martín López de Córdoba Hinestrosa y su mujer Isabel de Zuazo. Los cuatro sepulcros, insertados en los muros y distribuidos en pares a los dos lados de la capilla mayor de la iglesia de San Esteban, están decorados con yeserías de clara raigambre mudéjar, ya que el templo se construyó en este material, hacia el siglo XII.

En función de los resultados de los trabajos arqueológicos, es posible que se amplíe la investigación y los análisis antropológicos de los restos hallados. Estos estudios científicos permitirán determinar las causas de la conservación de estos cuerpos e identificarlos, además de aportar información sobre las características físicas, posibles patologías o rasgos anatómicos.

La Fundación del Patrimonio restaura los cuatro sepulcros del presbiterio y otros bienes muebles de la iglesia, como los revestimientos murales de la capilla del Evangelio, las hornacinas de los retablos del Descendimiento y del Crucificado y del archivo, el retablo del Crucificado y el de la Virgen, que está en la nave de la Epístola. La inversión estimada supera 167.000 euros por parte de la fundación, que cuenta con la colaboración de la diócesis de Segovia y el ayuntamiento de Cuéllar.

(Efe, Segovia), Hallan en Cuéllar la momia de un influyente personaje de la corte de Enrique III, La Vanguardia, 12 de junio de 2008

Estado-Iglesia, un pulso eterno

En los debates de las Cortes de Cádiz, el escritor andaluz y liberal José María Blanco White ya advirtió de los riesgos de declarar el catolicismo como religión de Estado. Por aquellos tiempos anunciaba una permanente inestabilidad social y política si la fe se asociaba a una forma de gobierno. "Déjese a cada uno que profese los principios religiosos que le dicte su conciencia y no se persiga a nadie porque meramente se separe de la religión católica". Puro liberalismo el de Blanco White, pero demasiado osado para los valores tradicionales de la España de comienzos del XIX. No se equivocaba el autor de Historia breve de la intolerancia en España porque el conflicto entre la Iglesia y el Estado, con episodios incluso sangrientos en épocas de revoluciones y guerras, marcó el XIX y el XX.

Manifestación en favor de la familia cristiana. Álvaro García

Por la gracia de Dios (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores) recoge artículos o intervenciones parlamentarias de Blanco White, Modesto Lafuente, Juan Valera, Marcelino Menéndez Pelayo, Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno y Manuel Azaña en un abanico que va de 1812 a 1931. El ensayista y periodista José María Ridao ha editado y prologado este libro que pretende subrayar, en unos momentos en que el problema religioso parece renacer con fuerza, que "combatir la identificación entre España y el catolicismo no equivale a agredir al catolicismo, sino a defender la libertad".

Admite Ridao que la derecha española no ha sabido históricamente mantener una autonomía frente a la jerarquía católica hasta el punto de que "durante la última legislatura, el PP no entendió que su primera lealtad debe ser hacia la Constitución y no hacia la Conferencia Episcopal". "Desde la época de los Reyes Católicos", explica, "los gobernantes entregaron el poder ideológico a la Iglesia y esta situación se mantuvo hasta el reinado de Alfonso XIII. De hecho, la Segunda República representó el primer régimen que marcó una clara separación entre Iglesia y Estado". A juicio del editor del libro, "el anticlericalismo ha significado siempre un grave error". "Quizás", agrega, "haya sido inevitable como respuesta a la opresión del clericalismo en algunas ocasiones. Pero el anticlericalismo me parece una opción poco inteligente". Ridao no coincide con las opiniones de aquellos que otorgan a la Iglesia, en la actualidad, más poder del que realmente ostenta, a pesar de la influencia tradicional de los católicos en sectores como la enseñanza o los medios de comunicación. "La Iglesia disfruta de poder por el apoyo de las fuerzas políticas conservadoras y por los sustanciosos ingresos económicos que recibe del Estado", opina el escritor.

El control de la educación ha figurado siempre como un caballo de batalla entre el Estado y la Iglesia y fue uno de los enfrentamientos más virulentos entre una República laica, como la de los años treinta, y una Iglesia defensora de sus privilegios. El entonces ministro Manuel Azaña defendió de esta forma tan elocuente su postura en el debate sobre la Constitución de 1931. "Bajo ninguna condición", señaló Azaña, "en ningún tiempo, ni mi partido ni yo, en su nombre, suscribiremos una cláusula legislativa en virtud de la cual siga entregado a las órdenes religiosas el servicio de la enseñanza". A propósito de los años republicanos, Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y autor de La Iglesia de Franco (Crítica), opina que el odio de las masas hacia los curas era mayor que hacia los capitalistas. "Aquel anticlericalismo virulento", comenta, "que explotó en los primeros meses de la Guerra Civil con el asesinato de sacerdotes o los incendios de edificios religiosos se explica por la defensa que la Iglesia había realizado de los poderosos. Pero también obedeció a que muchos acusaban a la jerarquía católica de haber traicionado el Evangelio en la defensa de los pobres". Casanova señala que existió un abismo entre el mundo clerical y el anticlerical. El escritor inglés Gerald Brenan, recuerda el catedrático, llegó a calificar el anticlericalismo español como "una religiosidad al revés".

Ridao concluye el prólogo del libro, que se presenta hoy, con la disyuntiva que se abre sobre los restos del problema religioso. "Para algunos españoles convendría apoyarse en esos restos y reconstruir la identificación entre España y el catolicismo (...). Para otros, el mejor destino para esos restos sería desaparecer (...), la mejor alternativa".

Miguel Ángel Villena (Madrid), Estado-Iglesia, un pulso eterno, El País, 11 de junio de 2008

El primer día en el que ETA asesinó

El vehículo en el que iban 'Txabi' y Sarasketa (izq), junto a la fotografía de Pardines Arcay

La Avenida Txabi eta Joseba Etxebarrieta ("eta" significa "y" en euskera) se encuentra en el municipio vizcaíno de Leioa. La semana pasada, el PP denunciaba que el alcalde (PNV) obstaculiza una moción para cambiar el nombre a la avenida situada entre el Parque de Ondiz y la Avenida Iparraguirre. El motivo de la moción: los hermanos Etxebarrieta fueron etarras. Hace 40 años, un viernes 7 de junio, a unos 112 kilómetros de la avenida, en el término guipuzcoano de Villabona, Txabi (Javier Etxebarrieta) mataba a José Ángel Pardines Arcay en el considerado el primer asesinato de ETA en su trágica historia.

Fue ese el primer asesinato no planificado de la banda (El terrorismo en España, Alejandro Muñoz Alonso). El 2 de agosto, ETA acababa en Irún con la vida del policía franquista Melitón Manzanas en un atentado premeditado. No obstante, el 28 de junio de 1960, una niña, Beatriz Urroz, moría a causa de una bomba colocada en las vías férreas de San Sebastián. Nadie reivindicó el atentado y nunca se ha podido demostrar que fuera obra de la banda armada un año después de su nacimiento.

"Para nadie es un secreto que difícilmente saldremos del 68 sin ningún muerto". Son las palabras del etarra Txabi, de 22 años, que recoge la web de la Guardia Civil en el primer registro de la sección que dedica a los agentes asesinados por la banda. Pardines Arcay, coruñes de 25 años natural de Malpica, trabajaba ese 7 de junio de 1968 como guardia civil de Tráfico del Destacamento de San Sebastián en unas obras de la Nacional I (Madrid-Irún) a su paso por Villabona. Por ahí precisamente circulaban en un SEAT 850 coupé (foto) Txabi y su compañero en la banda, Iñaki Sarasketa. El agente, tercera generación de una familia de guardias civiles, echó el alto al vehículo para solicitar la documentación. Una bala en la cabeza procedente del arma de Txabi inició entonces la crónica del primer asesinato de ETA.

La lucha armada contra Franco

El año 1968, que pasaría a la historia por el mayo parisino, fue el de la apuesta clara por la "lucha armada" de la banda contra la represión franquista; fue también el año en el que se anunció la construcción de la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya), objeto más tarde de la violencia etarra; y el año en el que el asesinato de Manzanas hacía pensar que los atentados se limitaban a una fuerzas de seguridad muy identificadas con el régimen. El balance de la lucha contra ETA en 1968 fue de 434 detenidos, 189 encarcelados, 75 deportados y 38 exiliados.

El etarra Txabi, fuera del coche tras el primer balazo en la cabeza acertó a rematar a Pardines Arcay de cuatro tiros en el pecho. Ante el ruido de los disparos, un camionero que conducía por la misma vía intentó reducir a Txabi, pero el arma de Sarasketa le convenció de lo contrario y propició una huida que iba a durar poco. Según el relato de la Guardia Civil, los dos etarras fueron perseguidos hasta Benta Haundi (cerca de Tolosa). Allí, el enfrentamiento con los agentes del Instituto Armado, hirieron de gravedad a Txabi, que más tarde falleció en el hospital. Sarasketa fue detenido al día siguiente tras lograr huir.

>Los diarios del 8 de junio no lograron ilustrar con imágenes (Fotografía y muerte: representación gráfica de los atentados de ETA (1968-1997), Nekane Parejo Jiménez) lo que para muchos fue un asesinato de "bandidos" o "salvajes" (ABC). Pardines Arcay fue el primer guardia civil asesinado por ETA. El último, de los 204 agentes que ha matado la banda (823 muertes en total), también ha sido la última víctima mortal de ETA: Juan Manuel Piñuel.

Oscar Gutiérrez (Madrid), El primer día en el que ETA asesinó, El País, 4 de junio de 2008

La historia oral de la guerra llega a juicio

¿Hasta dónde se puede llegar a la hora de investigar el turbio pasado de la Guerra Civil? ¿Es más importante conocer lo que ocurrió, y hacerlo público, o abstenerse para respetar el honor de los descendientes de episodios tan poco edificantes? ¿Qué margen tienen las víctimas, que pasaron años de humillación y oprobio, para recuperar una dignidad que la dictadura les escamoteó? ¿Hay algún consuelo en conocer la verdad? ¿Qué peso tienen los documentos que se conservan de la represión, con juicios sin garantías jurídicas y con testimonios arrancados en una atmósfera de miedo a una autoridad implacable? ¿Y qué crédito dar a los testimonios orales de los supervivientes que, en muchos casos, no pudieron hablar hasta fechas recientes?

Hace unos meses, el Juzgado de Primera Instancia de A Estrada, en Galicia, absolvió al historiador Dionisio Pereira que había sido acusado por los descendientes de Manuel Gutiérrez, alcalde de Cerdedo durante el franquismo, de no querer rectificar para salvar el honor de sus antepasados las conclusiones que hizo públicas en 2003 en un libro colectivo sobre la represión franquista. Basándose en testimonios orales, Pereira señalaba ahí la presunta implicación de Gutiérrez, y de Francisco Nieto, entre otros, como "participantes o instigadores" en los actos que acabaron en agosto de 1936 con la vida de seis personas en la comarca de Cerdedo.

La decisión de absolver a Pereira la tomó el juzgado, recurriendo a abundante jurisprudencia para defender sus derechos constitucionales de libertad científica y de opinión "en el terreno histórico". La familia de Manuel Gutiérrez ha recurrido y el caso está ahora en manos de la Audiencia Provincial de Pontevedra. Con el peligro de que nuevos recursos, si el fallo es semejante, lleven a Pereira a instancias jurídicas superiores, conduciéndolo a un temible calvario judicial. Con la voluntad de defender su trabajo, el pasado 20 de mayo un documento dirigido al presidente del Gobierno y a los presidentes del Congreso de los Diputados y del Senado manifestaba a través de la Red la solidaridad de una serie de historiadores con Dionisio Pereira. Entre los 349 firmantes figuran Paul Preston, Sebastián Balfour, Ángel Viñas o Nicolás Sánchez-Albornoz, y numerosos historiadores latinoamericanos (muy sensibles a los horrores de sus propias dictaduras). La iniciativa la puso en marcha la red gallega e internacional Historia a Debate, que preside Carlos Barros, que encabeza la lista de firmantes.

Terra de Montes, provincia de Pontevedra, 11 y 13 de agosto de 1936. El enfrentamiento que ha partido en dos a España desde el 18 de julio llega a ese remoto rincón de Galicia. Es zona de canteiros y, frente a otros lugares más conservadores, allí las ideas socialistas han encontrado terreno abonado. Los falangistas del lugar, las autoridades y la Guardia Civil no los ven con buenos ojos. Reclaman que detengan a unos cuantos. Al final son cuatro habitantes de Cerdedo y dos de Soutelo de Montes los que son conducidos al cuartel de Pontevedra. Una noche desaparecen por el monte, luego aparecen muertos.

Lo que Dionisio Pereira ha hecho ha sido volver sobre ese episodio de los días más cruentos de la Guerra Civil, cuando uno y otro bando se habían enganchado a una espiral de violencia gratuita y desbocada. Los ganadores de la contienda pudieron en su día rendir honores a los suyos que murieron en aquellas terribles jornadas. Los perdedores en muchos casos no saben aún, o no han sabido hasta ahora, dónde están los suyos, quiénes los mataron, cuándo, por qué. No hay documentos. El único camino que queda es la historia oral, los recuerdos de los pocos que quedan que estuvieron allí.

La Ley de Memoria Histórica, aprobada en diciembre de 2007 tras un largo calvario de negociaciones, malentendidos, críticas y polémicas, sentó finalmente las bases para que los poderes públicos llevaran a cabo políticas dirigidas al "conocimiento de nuestra historia y al fomento de la memoria democrática". Lo que el documento de los historiadores señala es que, precisamente por los efectos de esta ley, los juicios contra los historiadores podrían intensificarse. Así que piden que "se añada una declaración de legitimidad constitucional de la libre investigación sobre la Guerra Civil y el franquismo, basándose en fuentes históricas, tanto escritas como orales, de acuerdo con las metodologías correspondientes, sin censura previa sobre ningún nombre, fuente o dato histórico".

"La situación no se ha normalizado aún en este país", explica Dionisio Pereira. "Quizá en Madrid, Barcelona, Vigo, pero en los pequeños pueblos y aldeas sigue sin reconocerse la dignidad moral de las víctimas". Hay en muchos lugares resistencias evidentes a prescindir de los símbolos del franquismo, a cambiar los nombres de las calles, a facilitar la investigación en fosas comunes y a abrir las puertas a los historiadores para que hagan su trabajo con libertad.

Pereira ha recuperado en un escrito situaciones análogas a las suyas: Emilio Silva y Santiago Macías soportan varios procesos judiciales por su libro Las fosas de Franco; un trabajo de Alfredo Grimaldos sobre la sombra del dictador durante la transición ha sido denunciado por la familia del ex ministro Juan José Rosón; la escritora asturiana Marta Capín fue absuelta de la acusación de los familiares de un falangista mencionado en su obra Los crímenes de Valdediós, que cuenta lo que ocurrió en aquel sanatorio de Villaviciosa cuando entraron en él las tropas franquistas; un juez de Cambados, en fin, ha cerrado la página web donde estaban volcados los escritos de un comunista de O Grove, en los que daba los nombres de los que llevaron a cabo las represalias en aquella pequeña villa de las Rías Bajas.

¿Cómo recuperar el pasado? Mejor, ¿cómo recuperar un pasado lleno de sangre? "Ningún notario firmará nunca un paseo", dice el historiador gallego Emilio Grandío Seoane, que ha dirigido el volumen colectivo Años de odio sobre el golpe militar, la represión y la Guerra Civil en A Coruña. "El debate surge cuando se plantea, de un lado, cuál es la verdad judicial, y de otro, cuál es la verdad histórica. Jurídicamente sólo cuenta lo que tiene detrás unos papeles. Entonces los que murieron en los paseos y fueron enterrados en fosas comunes sin registro alguno, ¿qué ocurre, que no existieron?".

Grandío no tarda mucho, sin embargo, en señalar que desconfía mucho de reconstruir lo que pasó utilizando como única fuente los testimonios. "Hay que buscar la mayor cantidad de filtros posibles, cruzar los testimonios, buscar apoyaturas escritas (registros civiles y de las cárceles, causas militares, consejos de guerra, fichas sanitarias...), localizar los lugares que puedan conservar los restos de los desmanes, ir a los papeles que den pistas de lo que pudo pasar. Hay que ser prudentes y rigurosos".

Prudente fue, desde luego, Juan Carlos Carballal, juez de Cambados, cuando ordenó cautelarmente cerrar la web en la que Fabien Garrido había volcado los escritos que encontró en Nantes de su padre, Ramón, un combatiente antifascista que tuvo que exiliarse en Francia. En aquellas páginas, escritas a mano por el que fuera marinero y comunista, implicaba directamente en la represión franquista al alcalde de O Grove, Joaquín Álvarez Lores. Hubo denuncia de dos hijos de éste, y el juez cerró la web hasta que tenga lugar el juicio, "para proteger el honor de los descendientes", explica. "Mi trabajo no es el de valorar un trabajo histórico. Debo simplemente resolver, en función de los argumentos de las partes, cuál de estos dos derechos fundamentales pesa más: si el derecho de un investigador a saber lo que ocurrió o el derecho a salvaguardar el honor de unas personas. Hay además ahí otra cuestión: ¿puede ese derecho pasar a sus descendientes?".

"Decir que Franco es un criminal es una cosa; decir que lo fue Fulano de Tal, con nombres y apellidos, es otra muy distinta y mucho más delicada. Es, por otro lado, diferente señalar al represor de una gran ciudad que hacerlo con el de una pequeña localidad", comenta el historiador Julián Casanova, uno de los autores de Víctimas de la guerra civil (Temas de Hoy), el volumen que coordinó Santos Juliá y que daba cifras rotundas de la magnitud de la represión. "Los lazos familiares son ahí mucho más estrechos y las lealtades primordiales más fuertes, así que no es difícil que los investigadores sean denunciados al hacer públicos los nombres de los represores".

"Los historiadores no pueden certificar lo que ha ocurrido", explica el historiador José Álvarez Junco, que ha seguido muy de cerca los avatares de la Ley de Memoria Histórica. "No pueden establecer una verdad oficial. De eso se encargan los jueces. Lo que los historiadores hacen es investigar en las fuentes más diversas para poder argumentar que, después de comprobar en muchos y diferentes testimonios, las cosas con gran seguridad ocurrieron de tal y tal modo".

La paradoja que se da al volver sobre el pasado es justamente la de valorar la veracidad de los documentos. Cuando hay una dictadura de por medio, muchos de los testimonios escritos que se conservan de esa época podrían haberse obtenido bajo coacción. Pero están ahí, en unos papeles oficiales. Los testimonios orales, en un clima de libertad, acaso se ajusten más a la verdad, pero son palabras dichas muchos años después. "Desde un punto de vista historicista, la mejor prueba oral es peor que la peor de las escritas", explica Julián Casanova a propósito de esta cuestión. "Los ganadores de la guerra estaban sin embargo tan convencidos de haber acabado con el mal, y de ser ellos los portadores del bien, que dejaron muchas huellas de sus desmanes: juicios sin garantías, fusilamientos, expropiación de los bienes de los derrotados... Dejaron las pistas incluso escritas, y por eso se ha podido conocer la envergadura del terror que generó la dictadura franquista", añade.

Los historiadores desde hace ya un tiempo han desentrañado los mecanismos de terror que se pusieron en juego durante la Guerra Civil y que se prolongaron en la dictadura, explica Casanova. "Saber que un cura delató a un republicano en un pequeño pueblo no va a cambiar la manera en que se sabe que funcionaron los mecanismos de la violencia", dice. "El problema siguen siendo los meses del terror caliente, en el verano de 1936, cuando se produjeron los mayores desmanes al margen de registro alguno. Hay unas 20.000 personas que fueron víctimas de los ganadores que no están identificadas".

Quizá las investigaciones sobre testimonios orales no cambien nuestra mirada sobre la historia reciente. En términos sociales, sin embargo, la reparación moral que reclaman las víctimas, y sus descendientes, es la energía que alienta a tantos historiadores a buscar la verdad para cerrar definitivamente las heridas de aquella terrible guerra.

La desidia de los archivos

Primitiva López tiene 97 años, vive en El Toboso, un pequeño pueblo de La Mancha. Casada con un soldado republicano que murió en el frente, fue detenida al terminar la guerra y luego acusada de complicidad con el bando leal. Fue recluida en la prisión de Ocaña, donde pasó unos años, y después fue desterrada a Valencia (donde todavía pasa ahora algunas temporadas). Cuando pudo regresar a su pueblo, tuvo que pelear para recuperar la casa de sus padres, que las autoridades estaban a punto de quitarle. Ha pedido a su sobrino que solicite el consejo de guerra que la llevó a la cárcel, y le estropeó tantos años de vida, para saber quién la denunció, de qué la acusaban, por qué tuvo que pasar tanto tiempo entre barrotes.Ese documento tienen que facilitárselo a Primitiva López en el Tribunal Militar Territorial número 1 de Madrid. "Se conservan allí alrededor de medio millón de consejos de guerra", explica el periodista Pablo Torres (Premio Ortega y Gasset por sus imágenes del 11-M), que está a punto de terminar Los años oscuros en Miguel Esteban, donde reconstruye lo que ocurrió en ese pequeño pueblo de Castilla-La Mancha durante la Guerra Civil y la dictadura. En ese archivo, cuenta, está el consejo de guerra a Miguel Hernández ("a punto de deshacerse por el uso y su mala conservación"). El caso es que allí "las peticiones se acumulan y los funcionarios no dan abasto".Un problema de los historiadores de nuestro pasado reciente es que los denuncien los herederos de los presuntos represores. Otro problema distinto son los archivos. Pablo Torres ha tenido que esperar entre 9 y 18 meses para que le entregaran algunos documentos que había solicitado. Era de tal magnitud la demora que durante un tiempo pensó que había una voluntad explícita por parte de las instituciones para que no se removieran aquellos lodos, e incluso se dirigió al Defensor del Pueblo y al Consejo General del Poder Judicial para manifestar sus quejas. Ahora ha entendido que, en ese archivo, el problema no es político sino burocrático. Tiene que ver más con una novela de Kafka que con un poema de Brecht.Lo suyo es la microhistoria. Quiere saber lo que pasó en Miguel Esteban, el pueblo en el que nació. En un caso, ha topado con problemas burocráticos. En otro, directamente lo ignoran: "Hay mucha información en el archivo histórico del penal de Ocaña, pero obtener documentos allí es imposible". Pablo Torres explica que "no hay forma de ver ese archivo para conocer su estado de conservación" y que exigen para facilitar la información "muchos datos del expediente que solicitas". Y añade: "Si solicitas un expediente es precisamente para saber más y lo único que tienes, a veces, es simplemente el nombre del que estuvo preso"."La información sobre la guerra está dispersa en múltiples archivos", cuenta Pablo Torres. "Y cuando la encuentras, muchas veces faltan muchas hojas: alguien se las llevó. Recurrir a los testimonios orales es también una gesta. Todo el mundo que era de izquierdas tuvo que abandonar Miguel Esteban y emigrar. De pronto descubres que alguno vive en Getafe, otro en Rivas. Luego viene la siguiente complicación: les cuesta hablar. Sienten un gran pudor para reconocer que los pegaron y los humillaron".Ninguno de estos dos archivos con los que ha trabajado Pablo Torres está digitalizado. "En el TMT número 1, las fichas y los expedientes están en sitios diferentes, y muchos se están pulverizando, por viejos, o se están convirtiendo en ladrillos de celulosa, al pegarse unas hojas con otras".

José Andrés Rojo, La historia oral de la guerra llega a juicio, El País, 2 de junio de 2008

Historiadores medievales indagan sobre el origen musulmán de san Isidro

La cátedra de Historia Medieval de la Universidad Complutense trabaja desde hace algunos meses sobre la hipótesis según la cual, san Isidro, el patrón de Madrid, podría ser, hasta su conversión, musulmán. La teoría, contemplada por Cristina Segura, titular de Historia Medieval, parte de una evidencia histórica: el enclave sobre el que se irguió Madrid antes de su fortificación por Mohamed I, en la segunda mitad del siglo IX, carecía de población autóctona preexistente. No hay testimonio alguno de asentamientos anteriores desde la edad del bronce.

Dibujo que representa el cuerpo de san Isidro, tal y como fue hallado tras la apertura de su sarcófago en 1982. Museo de los Orígenes, Madrid


Los testimonios materiales sobre el patrón madrileño son sólo un códice de fines del siglo XIII; la arqueta de su sepultura, hoy en el testero de la girola de la catedral de la Almudena y su propio cuerpo -murió en torno al año de 1172- del que la tradición dice que fue hallado incorrupto 40 años después de su muerte, tras la que fue inhumado en el cementerio de San Andrés, junto a la hoy parroquia del mismo nombre. Tras ser enterrado entre 1535 y 1555 en la Capilla del Obispo y regresar a su entierro de San Andrés, su cuerpo se conserva hoy en una urna de plata, regalo de la reina Mariana de Neoburgo, esposa de Carlos II, en el altar mayor de la colegiata de San Isidro en la calle de Toledo. "El sarcófago fue abierto por última vez en 1982", informa José Sánchez, sacristán de la colegiata.

Los otros testimonios, orales y documentales sobre vida y milagros de Isidro, fueron elaborados a partir de 1212, fecha de la batalla de las Navas de Tolosa. Por primera vez hay noticia allí de una presencia del concejo madrileño, mediante un destacamento que combate junto a las huestes cristianas, bajo estandarte heráldico propio, osa incluida, contra las tropas islámicas.

Prosiguen hasta 400 testimonios de milagros entre finales del siglo XIII y mediados del siglo XVI, para culminar a principios del siglo siguiente -en torno a la expulsión de los moriscos- en que en marzo de 1622, el papa Gregorio XV canoniza a san Isidro, si bien no se oficializa hasta su firma en 1724 por Benedicto XIII.

El nacimiento de Isidro, según las más antiguas crónicas, hagiografías religiosas y posteriores recreaciones que abarcan hasta el siglo XVIII, data de 1082, poco antes de que el rey Alfonso VI recobrara en 1086 la plaza madrileña junto con la de Toledo, en poder del islam desde tres siglos antes. Por consiguiente, si Isidro era lugareño de Madrid, sus progenitores descendían o de las huestes o de los colonos que vinieron al centro de Castilla con los musulmanes. Otra hipótesis que se baraja desde la cátedra que regenta la historiadora Segura es etimológica: "El nombre propio del patrón derivaría del árabe Driss e Isidro sería su castellanización".

La vida del labrador, narrada por el cronista Juan Gil de Zamora un siglo después de la muerte de Isidro en el llamado Códice de Juan Diácono, se ve vinculada al arte del agua, milagros incluidos. Su iconografía le coloca siempre una aguijada en la mano, vara instrumental para la fontanería. La tradición cristiana señala que Illán, hijo de Isidro y de María, llamada luego de la Cabeza, lugareña de Uceda y vecina de Torrelaguna, cayó a un pozo muy profundo mientras él faenaba en el campo. Tras rezar devotamente junto a su mujer, el agua del pozo afluyó copiosamente por el brocal e Illán reapareció sobre las aguas, sano y salvo. Este pozo, dice la tradición, es el que se conserva en el Museo de los Orígenes, en la plaza de San Andrés, con 27 metros de profundidad, tres de ellos de agua.

El arca donde estuvieron sus restos presenta en su facies anterior una gran noria de cangilones, emblema de la hidráulica árabe. Tanto la representación de Isidro como la de su esposa, María, se muestran siempre velados con tocados similares a kefias, bajo arcadas mudéjares.

Para Segura, "la importancia en Madrid de la comunidad mudéjar -la subsistente a la conquista por Alfonso VI- fue muy grande y contaba con representantes propios, llamados alamines". Así, "de ello derivaría el nombre de la plaza del Alamillo, no de una especie vegetal, sino de la sede del alguacil mudéjar madrileño". Otro aspecto que contemplan los historiadores es la actitud invariante de la iglesia de Roma por integrar factores creenciales de religiones preexistentes en su propio discurso. Así, al igual que la Virgen de la Almudena tiene un nombre de origen árabe -como la de Fátima- la veneración por Isidro, convenientemente integrada, podría proceder de otra confesión. La santidad es una hierofanía, manifestación de lo sagrado y no monopolio de ninguna religión, según el gran pensador de las religiones, Mircea Eliade.

Rafael Fraguas, Historiadores medievales indagan sobre el origen musulmán de san Isidro, El País, 19 de mayo de 2008

Huérfanos de la barbarie nazi

Unos 200 niños polacos de un campo de refugiados austriaco llegaron en 1946 a Barcelona en una operación de la Cruz Roja. Eran niños rubios "de aspecto germano" robados por los nazis o fruto de experimentos para crear la superraza aria. Algunos volvieron a su país, otros fueron a EE UU. Varios de ellos relatan a EL PAÍS su drama de desarraigo e identidad perdida.

De la mano de la Cruz Roja internacional, 200 niños polacos robados por los nazis durante la II Guerra llegaron a Barcelona en 1946 procedentes del campo de refugiados de Salzburgo (Austria). Algunos habían sido seleccionados por culpa de sus rasgos físicos pretendidamente arios y arrancados de sus padres, otros eran hijos de los trabajadores esclavos utilizados hasta la extenuación en la industria alemana de guerra. También había pequeños engendrados en el diabólico proyecto eugenésico de los Lebensborn, (la fuente de vida), las granjas de procreación y educación nazi destinadas a crear la superraza, en las que se forzaba a las mujeres seleccionadas a acostarse con los oficiales alemanes.

Niños polacos robados por los nazis

Desconocida hasta ahora, la historia de estos niños polacos hurga cruelmente en la herida moral de la humanidad porque fueron despojados de su nombre, su memoria y su lengua, germanizados y, en ocasiones, entregados a familias alemanas y nuevamente desgajados de estos hogares al término de la contienda.

Muchos perdieron irremisiblemente la posibilidad de recuperar su identidad y su familia en la hoguera con la que los nazis en retirada destruyeron los archivos que daban cuenta del delirio de recreación de la raza aria. Tal y como ha constatado este periódico, seis décadas más tarde, la herida del limbo identitario sigue supurando en el alma de los supervivientes, "españoles de corazón", y palpita dolorosamente con el recuerdo de las traumáticas experiencias vividas. Tuvieron que resignarse a no saber de sus padres y hermanos, a descontar para siempre esos besos y abrazos y a vivir con ese vacío lacerante, algunos, en la sospecha de que su progenitor pudo muy bien haber sido un soldado alemán.

Todos llegaron a Barcelona con el enigma de su origen, pero sólo los que habían guardado en su memoria un recuerdo nítido -"Mamá tenía una chaqueta marrón, lloraba, pero nos separaba la alambrada"- o habían salvado un objeto -la fotografía doblada que la madre le dio a hurtadillas en la despedida, la medallita de la Virgen...- disponían de la prueba de una identidad perdida.

Escuchar sus padecimientos durante la guerra es asomarse a un abismo de angustias y terrores, de hambre y violencia. Se comprende que los desnutridos o enfermos huérfanos polacos encontraran en la pobre España de la posguerra el paraíso inesperado que añoran todavía 62 años más tarde.

Niñas de comunión

El tiempo había acabado por sepultar aquellos hechos bajo una capa de olvido tan compacta, que la mera confirmación periodística de la llegada de esos niños a Barcelona pareció una empresa imposible. Los datos transmitidos en su día por personas ya fallecidas se revelaron pronto insuficientes o inexactos. Y rebuscar en los archivos de la Cruz Roja en Madrid y Barcelona, consultar a la Embajada y los consulados de Varsovia e indagar en la comunidad polaca resultó un ejercicio infructuoso. Nadie tenía noticia de estos niños.

Cuando el panorama invitaba al abandono y la historia parecía abocada a engrosar la carpeta de iniciativas fallidas, un diligente archivero de la Cruz Roja en Ginebra, tan dispuesto como para buscar más allá de las fechas convenidas, exhumó el listado de uno de los grupos que llegaron a la Ciudad Condal. ¡Era verdad! La consulta a las hemerotecas, ahora sí, en el año y las fechas correctas, mostró que esos niños de entre 2 y 12 años tenían también rostro y saludaban disciplinados con vivas a España desde la cubierta del mercante JJ Sister, que el 24 de abril de 1946 atracó en Barcelona.

Fueron alojados, inicialmente, en el número 49 de la calle Angli, una antigua checa (centro de detención) del Frente Popular que el Auxilio Social franquista (organización de beneficencia) había habilitado como residencia infantil, y luego en la residencia Vallcarca, también en el barrio de la Bonanova. Los periódicos españoles de la época presentaron la llegada de los "huérfanos de guerra polacos" como prueba del carácter humanitario del régimen, cuando aquel gesto respondió a la necesidad del Gobierno de Franco de congraciarse con los aliados victoriosos y hacerles olvidar sus simpatías por los derrotados alemanes. En las negociaciones diplomáticas, auspiciadas por el Vaticano, la dictadura franquista asumió el compromiso de facilitar el alojamiento y los cuidados necesarios, mientras que el Gobierno polaco en el exilio establecido en Londres, que no reconocía al poder comunista establecido en Varsovia, se encargaría de la educación-polaquización de los niños.

La experiencia se prolongó durante diez años, periodo en el que la mayoría de los niños, ya adolescentes o jóvenes, fueron devueltos a Polonia, a menudo contra su voluntad, y entregados a parientes que habían sobrevivido. ¿Qué pasó con aquéllos cuyos orígenes no pudieron ser establecidos? ¿Y qué habrá sido de esa chica rubia, de ojos azules, Teresa Lindner, que según el diario Pueblo se había prometido a un español estudiante de Ingenieros?

Seguir el rastro de los huérfanos polacos no devueltos a su país era como perseguir la sombra de unas nubes caprichosas que lo mismo se dirigían a Polonia, que a Francia, a Estados Unidos o al Reino Unido. Del listado de nombres puestos a búsqueda sistemática en Internet, únicamente el de Aleksandra Gruzinska obtuvo una respuesta positiva en Google. Había una Aleksandra Gruzinska profesora de francés en la Universidad del Estado de Arizona (Estados Unidos), y en la página figuraba la dirección de su correo electrónico. Era la última oportunidad y había que apurar la suerte, por improbable que pareciera que una persona de 75 años continuara profesionalmente activa. Que conservara su apellido de soltera en Estados Unidos significaba, además, que no se había casado, supuesto que reducía aún más las probabilidades.

"¿Es usted la Aleksandra Gruzinska que llegó a Barcelona en 1946 por mediación de la Cruz Roja?" Como ocurriría después con el resto de los receptores, el mensaje produjo el devastador efecto de un torbellino emocional. Rememorar el pasado en estos casos es destapar la caja de Pandora de los dolores y traumas padecidos, dar rienda suelta a recuerdos amargos y secretos que habían sido convenientemente domeñados y guardados bajo siete llaves. Ella se tomó su tiempo, sopesando si estaba dispuesta a dejarse envolver por el oleaje desatado en su interior, pero cinco días más tarde contestó: "Sí, soy una de las chicas de Vallcarca". Y hay que decir que pocas veces en el ejercicio de este oficio se reacciona a un mensaje con una exclamación de júbilo.

Aleksandra no pudo o no quiso entonces ir más allá -"me despido con mucha emoción", indicaba-, pero luego encaminó al periodista hacia un manantial informativo, el tesoro documental de los "huérfanos polacos de Barcelona", podríamos decir, que Cristina Tozer, hija de la canciller del consulado polaco en Barcelona Wanda Tozer, guarda en su casa de Madrid. Activista de la resistencia antinazi perseguida por la Gestapo, Wanda Tozer alojó en su casa de Barcelona a los pilotos polacos derribados en Francia y a los soldados perdidos que trataban de llegar a Gibraltar o a Portugal para desde allí regresar a sus bases en Inglaterra. "A veces me encontraba el salón tapizado de cuerpos", recuerda su hija Cristina. "Mi madre les daba documentación falsificada y dinero para que pudieran atravesar España". La señora Wanda fue la madre espiritual de los niños robados por los nazis que llegaron a España, además de su profesora de literatura y polaco. Era el enlace entre las autoridades españolas y el Gobierno polaco en el exilio.

Durante aquellos años, la canciller fue anotando las revelaciones que extraía de sus contactos con los niños -"yo también era muy pequeña y tenía celos de los cuidados que les prodigaba mi madre", indica Cristina-, hasta descifrar el secreto que guardaban. Descubrió que, en su gran mayoría, aquellos niños procedían de Silesia, región que los alemanes consideraban germánica y, por tanto, potencialmente susceptible de albergar los genes de la raza aria. Descubrió que a muchos de los pequeños les habían cambiado sus apellidos por otros, en ocasiones, despectivos e hirientes, como Koziok (cabrito); que les habían borrado los recuerdos familiares y prohibido el uso de su lengua; que habían sido robados y humillados; que habían pasado por sucesivos orfanatos y que los mayores habían sido abandonados cuando la contienda tocaba a su fin y forzados a vivir como salvajes en los bosques.

Wanda Tozer intuyó entonces lo que los historiadores tardarían mucho en comprobar: que en la región noroccidental de Polonia incorporada al Tercer Reich con el nombre de Wartehegau, a los niños de aspecto nórdico se les supuso un origen alemán y fueron germanizados. En su libro El trauma alemán, Gitta Sereny cita la orden de las SS número 67/1, en la que se alude a la "gran cantidad de niños en Polonia que por su aspecto son potenciales portadores de sangre valiosa para Alemania". La periodista austriaca sostiene que en las acciones punitivas contra la resistencia, la norma era ejecutar a todos los hombres y enviar a las mujeres a los campos de concentración, mientras que los niños de entre seis meses y dos años eran enviados a los hogares Lebensborn, y los mayores de doce, enviados a trabajar.

"La Gestapo se llevaba a los niños por la fuerza, sobre todo si respondían claramente a los criterios de raza", escribió ya entonces Wanda Tozer. "Los seis hermanos Wieczorek fueron arrancados brutalmente de los brazos de sus padres. Aleksandra Gruzinska, a la que sus compañeros llamaban Olga, no tuvo apenas tiempo de abrazar a su madre. Bronislaw Zimmy fue sacado de un orfanato para ser germanizado. Jerzy Kaczynski y su madre fueron llevados a Alemania para trabajar duramente. Jadwiga Bronowicka vio desde su escondite en un pajar cómo los rusos asesinaban a su padre...".

Son escritos, hasta ahora inéditos, que Cristina Tozer encontró en su casa a la muerte de su madre, en 1990. En todos ellos late la sensibilidad de una mujer, patriota polaca y católica, capaz de comprender el dolor de la "segunda ruptura" que padecieron los niños dados en adopción a familias alemanas y rescatados por los aliados al término de la guerra. "No querían ir con esos polacos de quienes habían oído decir tantas barbaridades y había que recuperarlos por la fuerza; ellos, a su vez, mordían o daban puntapiés a sus liberadores", anotaba Wanda. En ocasiones, sólo la música, las canciones polacas de cuna o los cantos navideños lograban penetrar en los espacios clausurados de la memoria y encender la chispa del recuerdo.

Pese a la imagen que aportan las fotografías de prensa de la época, las "cabecitas rubias que se apretujan unas con otras, lucen ropa militar y gorras americanas", que llegaron a Barcelona en sucesivas expediciones, estaban muy lejos de alcanzar el estadio de la felicidad. "Han desarrollado los instintos de supervivencia propios de los entornos hostiles y son desconfiados, hoscos y egoístas. Las chicas mayores, más germanizadas, son exigentes, desobedientes y contestonas, mal ejemplo para las pequeñas a las que incitan a la rebelión", escribió Wanda Tozer.

Su hija recuerda que aquellos niños con los que compartía la clase de polaco tenían siempre hambre aunque acabaran de comer, el apetito insaciable de los que han conocido el hambre. "Habían pasado tanta necesidad, que guardaban los chuscos de pan bajo los colchones para cuando les llegara esa hora negra del estómago aguijoneado. Además, rebuscaban en las basuras de la propia residencia de Vallcarca y de los alrededores y arrasaban los limoneros de la casa y los frutales vecinos", comenta. Sin embargo, como observó con asombro Wanda Tozer, aunque los niños no compartían las cosas, tampoco se robaban entre ellos. A falta de familia, muchos anudaron con algunos de sus compañeros una relación fraternal, que, en ocasiones, ha perdurado hasta hoy.

Las anotaciones de Wanda describen un cuadro psicológico de pesadillas, angustia y depresión, a la altura de los traumas y padecimientos vividos. Niños desquiciados entregados a la tarea de destrozar, claustrofóbicos que se fugan en pijama de la residencia creyendo huir de un bombardeo, pequeños que sólo calman sus nervios haciendo calceta...

Poco a poco, el trato de las cuidadoras españolas y de los profesores y curas polacos empieza a dar sus frutos. Barcelona les gusta y disfrutan de la playa y el sol. La vida se abre paso. Nunca olvidarán la noche del 24 de diciembre. Están todos juntos con la mirada fija en el firmamento, a la espera de que aparezca esa primera estrella que, en la tradición polaca, inaugura la Navidad. Muchos años después, ya casados y con hijos, seguirán telefoneando desde América, a la hora española, para felicitar la Nochebuena a la señora Wanda.

Aunque la residencia Vallcarca era y sigue siendo un edificio señorial, su vida estuvo también marcada por el frío y la penuria. Es lo que se desprende de los escuetos informes que Wanda Tozer elaboraba periódicamente, dominando a duras penas su exasperación: "No hay leche en los desayunos por falta de fondos. (...) La rotación del personal, por impago, repercute en los niños. (...) La falta de ropa y mantas es acuciante. Sólo tienen vestiditos de percal y enferman a causa del frío. (...) El zapatero remendón rehúsa arreglar los zapatos por falta de pago".

Sin embargo, el verdadero drama era el interrogante que consumía vorazmente a los niños cuando alcanzaban la adolescencia. "¿Quiénes son mis padres?". "¿Sabe si mi madre está viva?" Acostumbrada a resolver situaciones comprometidas -ablandaba los corazones de los comerciantes barceloneses o de los integrantes de la comunidad judía polaca y obtenía así dinero para las prendas de abrigo, útiles de aseo, incluso regalos de Navidad-, Wanda abordaba la depresión de los adolescentes invitándoles a merendar en su casa y tocando el piano para ellos. Con el tiempo, la red polaca APWR de localización de desaparecidos fue obteniendo resultados y comenzaron a llegar las primeras cartas de los familiares supervivientes: "Llevamos 10 años buscándote, vuelve a casa". El grupo fue poco a poco menguando. Siempre conducidos por Werner, el mayor, que nunca dejó de ejercer de padrecito responsable, los hermanos Wieczorek regresaron a Polonia. "Ya sólo queda un centenar. (...) Ela ha encontrado a su madre en Inglaterra, Mietek se va a Francia. (...) Ya sólo quedan 80", escribe Wanda Tozer y empieza a preguntarse qué puede hacer con los que quedan, adolescentes y jóvenes en su mayoría, que nadie reclama. Sabe que cada camastro desocupado es para ellos una nueva punzada, un agujero que amplía su vacío interior, un nubarrón que les ensombrece el futuro.

La solución la encuentra en Estados Unidos, en la gran colonia polaca neoyorquina de Buffalo. Piensa que aunque los chicos están aprendiendo un oficio, siempre encontrarán más posibilidades en América que en la aislada España franquista que no logra sacudirse la pobreza. La despedida de Barcelona, camino de Madrid, camino de Lisboa, camino de América, el 6 julio de 1956, es desgarradora. Lloran desconsolados mientras cantan Rozproszone polskie dzieci, la canción de "los niños polacos desperdigados".

Meses y años después, algunos todavía reprocharán con amargura a Wanda Tozer el haberles arrancado de España. "Barcelona es nuestro paraíso perdido", resume hoy Aleksandra Gruzinska. Lo repiten todos aquellos niños robados que, desde Buffalo, Arizona, Virginia, California, o Queensland (Australia), aceptaron el envite de EL PAÍS de rebuscar en la memoria a riesgo de alborotar sus corazones. Sí, Barcelona es la palabra mágica, la puerta que cerró el infierno de su traumatizada infancia y les devolvió la sonrisa.

Todos y cada uno de ellos tienen un relato extraordinario que no cabe en las páginas de un periódico. Fijémonos tan sólo en aquella chica rubia, de ojos azules, Teresa Lindner, que estaba prometida a un estudiante español de Ingenieros. Vive en Manassas (Virginia, Estados Unidos), se casó y ahora se llama Teresa Gilbert, tiene tres hijos y dos nietos. No ha vuelto a Polonia. "¿Para qué volver si no sé dónde buscar? Mi drama es que nunca he conocido mis apellidos. Los alemanes me sacaron de casa cuando debía tener cuatro o cinco años, y a esa edad los padres no tienen más nombres que papá y mamá. Me pusieron el apellido Lindner y sé que en el primer orfanato estuve con mi hermana, que luego nos separaron y que ya no la he vuelto a ver. Creo que éramos gemelas, porque teníamos dos vestidos iguales con un lazo azul que mi madre nos ponía para ir a misa y nunca sabíamos muy bien cuál era de quién hasta que yo manché el mío con una manzana. Sé también que tenía un hermano, porque un día...".

Aunque se había preparado anímicamente para este encuentro, Teresa Gilbert estalla en sollozos, pero prosigue con voz entrecortada. "Porque un día, poco antes de que llegaran los alemanes, estuve a punto de cortarle un dedo a mi hermano pequeño, y mi madre se enfadó muchísimo. Me pegó y me dijo que cómo podía estar haciendo diabluras con mi padre muriéndose. 'Reza para que tu padre no se muera', fueron sus palabras". Teresa recuerda que una vez fue a verlas al orfanato y se despidió diciendo que volvería "muy pronto".

Terminó en Austria, en manos de una familia de habla alemana. "Aquella mujer [Teresa Lindner no utiliza la expresión 'madre adoptiva'] vino una mañana a buscarme al colegio. Me asusté y pensé que me iban a castigar, pero por el camino me contó que habían llegado a casa unos militares y que tenía que responderles a todo 'no sé, no sé', en alemán. No podía hacer otra cosa porque ya no sabía hablar polaco, pero como me parecieron simpáticos y me ofrecieron una chocolatina, terminé yéndome con ellos. Acabé en el campo de refugiados de Salzburgo, donde había muchos niños de todas partes. Fue muy duro. Al final nos llevaron a Italia y de ahí embarcamos rumbo a Barcelona. Vallcarca es la residencia más hermosa que he visto en mi vida". Le pregunto qué pasó con aquel novio español y me dice que rompieron cuando ella empezó a trabajar en Estados Unidos, pero que volvió a verlo 20 años más tarde y que él todavía debe guardar algún objeto suyo.

Tampoco Maxsymiljan Jadoch sabe cuál es su verdadero apellido, sólo que las razones por las que le borraron su nombre pueden ser diferentes a las que intervinieron en el caso de Teresa. No tiene recuerdos anteriores a los de su vida en el orfanato de Silesia, pero nunca olvidó que una mujer que le visitaba de vez en cuando le había dicho que iría a buscarle cuando acabara la guerra. "En Barcelona, odié a esa mujer con todas mis fuerzas", dice. "Viví la adolescencia angustiado ante el futuro, torturándome con las preguntas: ¿Dónde están mis padres?, ¿quién soy yo? Él sí encontró a su supuesta madre, una mujer suiza que todavía vive, aunque mejor cabría decir que lo que Maxsymiljan (Max) encontró fue un fantasma. Hace 22 años", prosigue, "recibí una carta de la Cruz Roja alemana con el mensaje de que había una persona que me buscaba. Dos semanas más tarde me llegó el telegrama de una mujer que decía que me había cuidado en el orfanato y que quería verme. Fui a visitarla a Alemania, pero esa bruja no quiso contarme la verdad. Tenía miedo a que se airease el pasado y ni siquiera quiso admitir que era mi madre. Sólo me dijo que me habían cambiado el apellido y que jamás conocería a mi padre. Sé que ella tuvo un hijo con un alemán, y que ese hijo, Hans, se me parece extraordinariamente. No volveré a verla hasta que me diga quién soy".

Max sigue sintiéndose extranjero en Estados Unidos, y eso que vive allí desde hace 52 años y que se ha casado y tiene dos hijos. Dice que él pertenece a Europa, a Barcelona. "Sólo con oír la palabra Barcelona se me desatan todas las emociones, porque allí pasé los mejores años de mi vida después de mi calvario por Checoslovaquia y Austria. "¿Sabe que tuve una novia catalana?" Y este hombre de 72 años cita de corrido el nombre, los dos apellidos y la dirección exacta de aquel primer amor. También Josef Szpaczkek, que vive en Queensland (Australia), recuerda a "aquella chica preciosa", Antoñita, de Pamplona, que conoció en el sanatorio en el que estuvo hospitalizado. "Decidí perfeccionar mi español para poder seducirla, pero nos llevaron a América".

Al contrario que otros niños robados que optaron por negarse a mirar el pasado, para que la herida no siguiera sangrando, para que la memoria quedara sepultada bajo una losa de olvido tan pesada que ya no pudiera aflorar en la conciencia, Eric Plocica, que ahora reside en Venice (California) ha buscado y continúa buscando respuesta a sus interrogantes. Ha reconstruido el tortuoso y penoso camino que siguió desde su orfanato en Bielsko (Alta Silesia) hasta Barcelona, ha comprobado fechas, ciudades y países, ha anotado los bombardeos que sufrieron cuando los niños y sus guardianes escapaban de los rusos. Tampoco le ha negado a su cerebro las barbaridades que sus ojos de niño contemplaron. "Los niños eran un tesoro nacional y los alemanes hicieron lo imposible para que no pasáramos a manos de los rusos, hasta que un día, al despertarnos, vimos que nuestros cuidadores habían desaparecido". Enrolado en la Marina norteamericana, Eric aprovechó siempre los atraques de la VI flota en los puertos españoles para visitar a la "señora Wanda" y rememorar su estancia en Vallcarca. "Al llegar a Barcelona supe que había salvado la vida. No me siento americano al cien por cien, soy más español que otra cosa, y aunque España se ha americanizado bastante, me encanta el temperamento, el ambiente, el idioma [habla un buen español], la comida, el sol. Eso fue mi patria".

Eric prefiere no hablar de sus primeros recuerdos. Sólo dice que su caso es más triste que el de otros y que, además, tampoco sabe muy bien lo que pasó. "Yo no tenía familia". ¿Y cómo afecta a la personalidad una infancia tan dura?, le pregunto. Responde que los niños se adaptan mejor que los adultos. "Nunca nos faltaron las lágrimas y siempre nos acompañó el miedo a perder la vida, pero, no sé si por inconsciencia o por qué, confiábamos más que los mayores en poder sobrevivir". Sobrevivieron, y aprendieron pronto a valorar lo que verdaderamente cuenta en la vida, tras haber conocido las entrañas del infierno humano. Ellos saben de qué pasta sucia está hecha la humanidad. Que los niños sin nombre de Barcelona, heridos de guerra, encuentren sosiego en la fraternidad universal y en el reconocimiento de quienes conocen su historia.

José Luis Barbería, Huérfanos de la barbarie nazi, El País, 12 de mayo de 2008